Pocas actitudes recorren la Escritura con tanta constancia como la hospitalidad. Desde las primeras páginas del Antiguo Testamento hasta las parábolas de Jesús, acoger al que llega, al extranjero, al que sufre, aparece una y otra vez como algo que agrada a Dios y lo revela. Repasar la hospitalidad en la Biblia es descubrir que acoger nunca fue un simple gesto de cortesía: fue, desde el principio, un lugar de encuentro con lo sagrado.
Qué significa hospitalidad en el cristianismo
Para entender qué significa hospitalidad en el cristianismo conviene despojarse de la idea moderna de “atender bien a una visita”. En la mentalidad bíblica, acoger al forastero era un deber sagrado. Quien llegaba de fuera estaba desprotegido, y recibirlo con pan, agua y techo podía significar la diferencia entre la vida y la muerte. Por eso la hospitalidad se entendía como una forma de justicia y de reverencia: en el rostro del desconocido podía esconderse un mensajero de Dios, e incluso el mismo Dios.
Esta convicción atraviesa toda la Escritura y da a la hospitalidad un peso espiritual que va mucho más allá de la buena educación. Acoger es reconocer al otro; y reconocer al otro es, en el fondo, reconocer a Dios en él.
La hospitalidad en el Antiguo Testamento
El gran icono de la acogida en el Antiguo Testamento es Abraham. Sentado a la entrada de su tienda en el encinar de Mambré, ve llegar a tres desconocidos bajo el calor del día y corre a su encuentro: les ofrece sombra, agua para lavarse los pies y una comida preparada con lo mejor que tiene. Lo que parecía una visita cualquiera se revela como un encuentro con Dios, que le anuncia el nacimiento de un hijo. La tradición ha leído siempre esta escena como la imagen misma de la hospitalidad: quien acoge con generosidad, sin saberlo, hace sitio a Dios.
El Antiguo Testamento insiste, además, en un mandato que se repite: cuidar al extranjero, al huérfano y a la viuda. A Israel se le recuerda que él mismo fue forastero en Egipto, y que por eso está llamado a no cerrar la puerta a quien ahora se encuentra sin tierra ni amparo. La hospitalidad se convierte así en memoria agradecida: se acoge porque uno mismo fue acogido.
La hospitalidad en el Nuevo Testamento
En el Nuevo Testamento, Jesús lleva esta tradición hasta su plenitud. Él mismo vive como quien no tiene dónde reclinar la cabeza, se deja acoger en las casas, comparte la mesa con quienes la sociedad rechazaba y hace del encuentro su forma habitual de anunciar el Reino.
Su enseñanza más luminosa sobre el tema es la parábola del Buen Samaritano. Un hombre yace herido al borde del camino; varios pasan de largo, pero un samaritano se detiene, se acerca, cura sus heridas y se hace cargo de él. Ahí está el corazón de la hospitalidad evangélica: no basta con sentir compasión, hay que detenerse y actuar. Entre los ejemplos de hospitalidad cristiana, ninguno resume mejor lo que significa hacerse prójimo del que sufre.
El Evangelio va todavía más lejos. En el juicio final que describe Jesús, quienes son bienvenidos al Reino son los que dieron de comer al hambriento y acogieron al forastero, porque —dice— “fui forastero y me acogisteis”. Acoger al necesitado es acoger a Cristo mismo. Y la carta a los Hebreos lo recuerda con una imagen preciosa: al practicar la hospitalidad, algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles.
De la Biblia a hoy
Este hilo que va de Abraham al Buen Samaritano no se cerró con la última página de la Biblia: siguió tejiéndose a lo largo de los siglos en quienes hicieron de la acogida el centro de su vida. Hoy, ese mismo mandato evangélico inspira a las Hermanas Hospitalarias Provincia de España, que entienden la hospitalidad no como una tarea más, sino como la traducción viva de lo que la Escritura viene proclamando desde el principio.
Porque, al final, la hospitalidad bíblica no es un recuerdo del pasado, sino una llamada siempre actual: detenerse, acercarse y hacer sitio al otro, sabiendo que en ese encuentro se juega algo mucho más grande de lo que parece.
Para profundizar en el sentido de todo esto, lee nuestro artículo Qué es la Hospitalidad: mucho más que acoger, un carisma que transforma y descubre cómo las Hermanas Hospitalarias Provincia de España viven hoy esta llamada en Fe y Hospitalidad.