La participación en el Jubileo de los Jóvenes que se celebró en Roma de 28 de julio a 3 de agosto en el marco del año santo de la Esperanza fue para nosotras una sorpresa y un regalo de Dios a través la Congregación. Bajo el pontífice Papa León XIV, fuimos casi un millón de jóvenes provenientes de más de 146 países los que participamos. Fue un evento significativo convocado por la Iglesia católica no solamente para visitar los lugares importantes para nuestra congregación y para todos los creyentes, sino también para celebrar juntos nuestra fe, solidificar la fraternidad universal, reflexionar sobre los desafíos contemporáneos que enfrentamos en nuestro camino de seguimiento de Jesús, respondiendo a su llamada, y, finalmente, para aprender unos de los otros. Este Jubileo nos ofreció la oportunidad de compartir nuestras experiencias espirituales, de profundizar nuestra formación en los valores cristianos a través de las actividades que hacíamos y también nos invitó a la conversión con la luz de la Esperanza.
Visita a los lugares emblemáticos para la Hospitalidad
Durante nuestro viaje, tuvimos la oportunidad de visitar varios lugares muy significativos para nosotras, las Hermanas Hospitalarias, los Hermanos de San Juan de Dios y para la Iglesia universal. Por ejemplo, el hospital de los Hermanos de San Juan de Dios en Sant Boi (Barcelona); la comunidad de Hermanas Hospitalarias de Marsella (Francia) y de Albese (Italia); la parroquia de Santa Maria Alla Fontana en Milán, donde fue bautizado el padre Benito Menni; la catedral de Milán, la curia generalicia de los Hermanos de San Juan de Dios y la de las Hermanas Hospitalarias (Roma).
También visitamos las basílicas romanas: Santa María la Mayor, San Pablo fuera de las murallas, San Juan de Letrán, así como la plaza de San Pedro y la Escalera Santa, según la tradición de la Iglesia, es la misma por la que transitó Jesús cuando fue juzgado por Poncio Pilato. En la víspera de la clausura del Jubileo, en Tor Vergata, en las afueras de la Ciudad Eterna, se reunieron más de un millón de peregrinos jóvenes, fue una vigilia de oración excepcional en presencia del Papa, seguida de la Eucaristía de despedida al día siguiente. Los lugares que visitamos nos ayudaron a revivir la historia de la Iglesia y de nuestros Fundadores.
Nuestros sentimientos en la peregrinación
La peregrinación jubilar de los jóvenes a Roma nos ha dejado muchos sentimientos, emociones, experiencias, lecciones y recuerdos maravillosos. En primer lugar, agradecemos a Dios, a la Congregación, por darnos la oportunidad de acompañarlos en la peregrinación, y también a las Hermanas de la Congregación y a los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios por su acogida en los lugares que visitamos y donde nos alojamos. Tampoco olvidamos recordar a los jóvenes hospitalarios que nos acompañaron en este viaje. Nos sentimos muy felices y afortunadas de haber visitado los lugares emblemáticos de la Congregación cuya historia ya habíamos aprendido. Nos sentimos maravilladas y agradecidas a Dios por los milagros que había obrado en la Congregación gracias a la disposición y la humilde y confiada cooperación de sus Fundadores. Sentimos un mayor amor por la vocación y la misión de la Congregación.
Durante esos días, siempre sentimos la presencia de Dios, la transformación en nuestras almas, las esperanzas y la sed de la santidad en la vida de fe, y muchas compartimos las alegrías y los nuevos descubrimientos en nuestra fe. Siempre nos hemos cuidado mutuamente en las cosas más pequeñas, pero con sencillez y sinceridad, como amigas cercanas. Destacamos la apertura, la cercanía, la acogida, la hospitalidad entre hermanas, pacientes y jóvenes, sin que nos separen las diferencias. Experimentamos la comunión, el respeto mutuo, el aprendizaje de las experiencias de fe, el consuelo y el aliento mutuos para superar las dificultades de la vida e iluminar la esperanza de la presencia y la misericordia de Dios. También nos damos siempre lo mejor en cada camino. Aunque provenimos de muchos países y culturas, al participar en celebraciones de oración, programas y visitas a los lugares santos, Jesús mismo nos conectó y nos acompañó en oración en esos momentos. Nos sentimos muy felices y cosechamos buenos frutos. Fue maravilloso haber compartido estos días de peregrinación juntos.
Nos quedamos con las palabras del Papa León XIV quien nos invitó a que: «Estemos siempre unidos a Él, vivamos siempre en amistad con Él, cultivando esa amistad con la oración, la adoración, la comunión, la confesión frecuente y la caridad generosa, siguiendo el ejemplo de los Beatos Piergiorgio Frassati y Carlo Acutis, quienes pronto serán canonizados. Aspiren a lo grande, a la santidad, dondequiera que estén. No se conformen con la mediocridad. Entonces verán brillar la luz del Evangelio cada día, dentro y alrededor de ustedes».
Conclusión
La peregrinación es una oportunidad para que cada miembro del grupo conozca a otros peregrinos de todo el mundo, de todas las etnias, colores de piel e idiomas. A través de ella, cada uno siente el honor de pertenecer a la gran familia de Dios. Peregrinos de todos los continentes llegan a Tierra Santa, aunque hablan diferentes idiomas, pero todos profesan la misma fe en Dios como Padre y en la hermandad de todos. La oración de cada una de nosotras, hermanas, conlleva un buen propósito: orar por la paz en el mundo, por la Congregación y por la felicidad de todos en el amor de Dios. Gracias a Dios por habernos dado esta peregrinación: un viaje lleno de alegría, significado y muchas bendiciones, del que regresamos sanos y salvos. Agradecemos a la Congregación por la oportunidad de participar en la peregrinación del Año Santo con las hermanas jóvenes, a las hermanas responsables, a las hermanas del grupo de formación y a las hermanas que prepararon todo lo necesario con sus buenas oraciones. Que Dios nos bendiga a todos.


